Sunday, December 8, 2013

El libro de la semana: El testigo, de Juan Villoro.







Julio Valdivieso regresa a México después de una ausencia de veinticuatro años. Ahí se encuentra, qué remedio, con su pasado. Un pasado que nunca ha dejado de ser su presente. Las memorias se acumulan y reescriben. El mismo ahora reescribe el pasado que parecía olvidado. Además, Julio es profesor de literatura (y como la gran mayoría de ellos, un escritor sino frustrado al menos nostálgico). Está casado no con el gran amor de su vida (por supuesto), sino con la hija de uno de sus profesores. Una italiana que le gusta traducir a autores exóticos (o sea, latinoamericanos) y, teme Julio en su paranoia, algo más que traducirlo. La vuelta y los reencuentros adquieren más dinamismo y la trama literalmente se enturbia con, cómo no, un poco de dosis de narcotráfico, femmes medio fatales, varios tragos de mezcal y algo de violencia para no perder la costumbre. Hasta ahí y considerando todo eso, El testigo es una novela correcta, predecible, formal; una novela como hay muchas, y, por lo mismo, irrelevante. Sin embargo, hay algo que salva a la novela y la convierte en un texto que no solo vale la pena leer con calma (y la necesaria tristeza), sino en una reflexión sobre el tiempo y el sentido de la verdad, de lo que fuimos, de lo que quisimos ser y del sueño que seguimos queriendo. Y aquello que rompe con la predecibilidad que complota, no es nada nuevo; es más, es precisamente un recurso aún más típico y conocido: la literatura misma o casi.

El verdadero (¿pero es que podemos hablar de tal?) protagonista es el poeta Ramón López Velarde. Y es él, con la inclusión de sus poemas, de su vida, de su misterio (en todos los sentidos) quien imbuye a la novela no solo de esa otra posibilidad interpretativa, sino más y mejor, de humor, sarcasmo, historia e ironía. Julio debe decidir si unirse a aquellos que quieren beatifica al poeta, basándose en ciertos milagros demasiado familiares o cercanos. O bien , allegarse a aquellos que reniegan del carácter religioso del poeta y de su obra. El punto aquí es evidente: no importa, de eso se trata, es un chiste; la poesía está en otra parte; la escritura está siempre en otra parte. Leer un poema es siempre leerse a uno mismo, por eso la poesía de López Velarde adquiere una fuerza de punk notabilísima. Una poesía postmodernista –como me enseñara algún profesor cuyo nombre he preferido olvidar—de un ritmo y vocabulario que dista bastante de la estética que hoy nos circunde. Sin embargo, desde la extrañeza de ese lenguaje que busca ser explicado (pero que como ser acólito del alcanfor, no puede serlo), irrumpe lo nuevo que trae consigo toda tradición. El viaje de regreso de Julio es un viaje paródico, también, un Ulises que no se halla excepto en la poesía que tampoco logra entender.


No se trata de malos entendidos o de falsificaciones, de las que está llena la novela—quedamos suspensos si el encuentro entre Julio y su amada prima no se dio solo por la mala suerte del destino; el inicio de la carrera de Julio tiene en su origen una falsificación que, a fin de cuentas, no falsifica nada. No, pues no se trata de entender bien o mal, sino de aprehender la realidad antes siquiera de su comprensión. El testigo está recorrido por múltiples testigos: aquellos que ven y saben, pero jamás comprenden. Como el Julio niño que acusa a su tía de un adulterio que nunca existió, como el padre de Julio, como los amigos que son testigos de un afán y un amor que existió en todos los deseos pero no en la realidad; testigos de milagros y de muertes, testigos de este país que está de la chingada, pero que sigue intentando inventarse y rehacerse desde donde sea posible. El simbólico nombre de la hacienda de la familia de Julio, Los Cominos, viene resume la paradoja que atraviesa y marca a la familia y a la nación toda. Un terreno seco, donde antes hubo vida y que pareciera volver a su ser primero a través de una serie de televisión sobre la guerra cristera que será filmada en esas tierras. Pero, claro, la televisión es solo una simulación que ni siquiera tiene la fuerza de borrar lo que antes hubo. Pero por lo menos permite una imaginación, un invento, una creencia para seguir funcionando, para hacer como si. Ese choque de tiempos y de espacios es lo rompe a los personajes y que solo halla se reencuentro en la poesía que termina siendo la novela.



Amor y muerte vuelven por supuesto a ser a fin de cuentas (y al principio de ellas) los únicos temas posibles. Julio se encuentra en la encrucijada que le va a durar toda la vida. Y si hay algo que le agradecemos especialmente a Villoro es que no haya resuelto devolverle el amor perdido en la forma de la hija de aquel (una tensión que a ratos parece que va a estallar—como puede estallar una suite de Bach). Así, el amor del pasado vuelve y reaparece en todos esos momentos de peligro. La novela pareciera decirnos: si hay algo por lo cual vale la pena vivir es justo por esos momentos de algarabía, de placer secreto, de culpa infinita, de rabias recónditas y estallidos inesperados.
Es cierto, el lector podrá creer que al final, el escape de Julio resulta demasiado fácil y estereotipado. La mujer que lo recibe y comprende la hemos visto demasiadas veces y hace demasiado tiempo (cómo olvidar a la Rosario de Los pasos perdidos). Lo que rescata el final es su mismo carácter televisivo, su saberse una parodia de la que no tenemos más remedio que ser testigos. Porque ahí radica la fuerza que me atrevería a llamar subversiva de la novela: nos obliga a ser testigos, a atestiguar que a pesar de lo que sucede (y de cómo sucede) hay una potencia visceral en la poesía que hace que valga la pena no solo leer y escribir, sino seguir rumiando en este teatro que nos ha tocado en suerte.    



Sunday, December 1, 2013

El libro de la semana: Hombre al agua, de Fabrizio Mejía Madrid

Recuerdo con cierto resabio melancólico unas clases de estética literaria en la cual debíamos hallar la presencia de los cuatro elementos en el texto. O quizás no era así sino más bien ubicar ciertas matrices psicoanalíticas que se pudieran remitir a obsesiones míticas simbolizadas en la tierra, el agua, el aire y el fuego. Por suerte la memoria es esquiva y nos engaña día a día. Lo que queda es la idea absurda que una gran obra debe tener a los cuatro, que todo está ahí. Una especie de poética espacial que recorre los diversos estados de la materia.


Y eso fue lo primero que se me vino a la cabeza al leer la triste pero no tanto novela-crónica histórica de Mejía Madrid, una de las escrituras y paseos más entrañables por la Ciudad de México de los últimos años. Aquí, el cronista plasma su fantasía como parte de la crónica en un ir y venir de la memoria personal que es, qué remedio, también la alucinante y alucinada historia de la ciudad más fascinante y aterrorizante del mundo. El cielo y el infierno, en breve, la mera vida.
El cronista, Urbina, nos narra los avatares y los porvenires en la ciudad que le toca vivir. Sus amores fracasados y casi, sus amistades siempre al borde de la destrucción. Y al mismo tiempo nos muestra lo que sucede en el país a su alrededor y, mejor aún, nos agarra y nos inserta en los orígenes mismos de la ciudad. Es un recorrido de la historia personal y oficial. De los palacios y sus construcciones pasamos a los apartamentos insalubres, quemándose porque todo en el mundo se termina por incendiar. Sí, Mejía Madrid busca desgarrar con su crónica novelada y aunque a ratos el vaivén puede ser un poco repetitivo (en la desgracia) y no siempre necesario, es tanta la ternura y el amor que se despierta en estas tierras, aguas, fuegos y aires que bien vale al lector acompañar el viaje.

“Un fracaso es sólo una forma de mirar la propia vida”, leemos en la primera página. La alternativa, se nos dice, es no mirarla. Queda claro el tono que se viene como avalancha suave, pues, a decir verdad, lo más terrible que sucede, lo más cercano al fracaso, es el inevitable paso del tiempo. Claro, hay fracasos más épicos: como los innumerables intentos emprendidos por Enrico Martínez en el siglo XVII para acabar de una buena vez con las inundaciones en la ciudad o los de Cantolla por crear una realidad, un mundo habitable, paralelo, en un globo aerostático. Pero este tipo de derrotas no son las relevantes. O mejor dicho: no son verdaderas derrotas, pues solo están dando cuenta de aquello a ratos tan inefable como el espíritu humano y su deseo de, a pesar de todo, continuar, seguir. Como lo hacen los personajes en el presente de la vida de Urbina. Y como lo hace él mismo incluso contra su propia voluntad.


Una amiga me dijo que fue incapaz de continuar con la lectura después de una escena en que el narrador recibe subrepticiamente una oreja de cerdo envuelta en una tortilla para su cumpleaños. Eso ya fue demasiado, me afirmó, sabiendo que yo tampoco aprecio las orejas de cerdo. Su comentario me quedó dando vueltas: ¿se trataba de un grotesco excesivo? ¿de un humor demasiado gris? Quizás algo de eso viaje por estas páginas: un humor que intenta en toda su historia apresar lo gigante de la realidad de la ciudad (y he aquí una fantástica sinécdoque: apresar la ciudad es apresar la realidad toda y viceversa, y eso, nada más, es la tarea del cronista). Como la chamarra del protagonista—que no se quita nunca— que funciona como símbolo de todas las historias que conducen a un camino que es siempre uno mismo.


El día en que nació Urbina, dicen, nevó en la Ciudad de México. Así comienza Hombre al agua; y con esa esperanza concluye: “Yo creo que este año sí nevará”. Lo que sucede entre el dicen de la historia y el deseo del sujeto termina por convertirse en una amalgama hermosa y terrible de retazos de historia, de tierra, de aire. Sí, se trata de cómo los elementos han atrapado, de diversos modos, volcánicos, acuáticos, a la ciudad que solía tener el aire más delgado del mundo. En ese sentido, podemos hablar de una rescritura de las novelas mundonovistas, mal llamadas de la tierra, donde la naturaleza terminaba por sobreponerse a los efímeros intentos humanos; pero, claro, ha pasado mucho agua y mucho aire por nuestras ciudades y por nuestros deseos. Ahora ya no podemos ser serios o si lo somos convertimos nuestra seriedad en recovequeada parodia. Sí, el DF es esa “ciudad donde todos somos héroes porque nadie estaba preparado para la catástrofe que nos sorprende todos los años”; pero también es la ciudad donde todos los sueños son posibles. En las páginas de Mejía Madrid el ángel de Benjamin ha perdido su rumbo y eso puede que sea una buena cosa.