Saturday, June 7, 2014

El libro de la semana: Latinas candentes 6, de Fernando Lobo


           


Las leyes ocultas del deseo. Ahí es donde quiere llegar el protagonista de este divertimento, Edi Montoya. Estructurado como una confesión que busca la redención –una suerte de reescritura del Lazarillo sin toda la gracia del chico de Tormes—y el perdón de su esposa, Latinas Candentes 6 es un texto que a ratos logra más que entretener gracias a la agilidad de la voz narrativa. Edi cuenta su vida, cómo de filmar fiestas de quinceañeras ha llegado a convertirse en el “indiscutible zar del porno duro latino”. Su esposa lo deja y decide darle un giro a su vida. No se trata de dejar el negocio de la pornografía, el que por cierto alimentaba el consumo ilimitado de su mujer, sino de darle un sentido mayor a su labor fílmica. Darle un sentido, una profundidad al porno. La ironía está, nunca mejor dicho, a flor de piel. Nadie se pregunta por qué una mujer desea estar con cinco hombres a la vez. En el porno, eso simplemente sucede, está ahí. El deseo de Montoya apunta así no tanto al absurdo del porno como a la idea de que todo a fin de cuentas es una construcción en busca de sentido. Sí: la misma literatura es un invento que busca sentido –hay largos pasajes donde se habla de falsificación de obras de arte; obras falsas que pasan por obras verdaderas; así como el porno pasa por sexo o por erotismo. Al final nada de eso importa.



            Latinas no es una novela erótica, menos pornográfica (o al revés). Lobo logra quitarle lo “candente” a las escenas que describe de un modo que resulta entre paródico y clínico (todo gracias a la voz de Montoya). Ese distanciamiento con el objeto en cuestión es por un lado, loable, pues permite pensar una crítica del mismo y darse cuenta que los tiros van por otro lado (más sobre esto en un rato); pero por otro, la casi locura y obsesión del protagonista no termina por convencer. Su distanciamiento desde su conocimiento –porque Edi sabe todo lo que hay que saber sobre pornografía y no escatima en compartir con nosotros dicho saber— provoca un intermitente cortocircuito en la lectura.



            Pero lo salva, como dicho, la soportable levedad y la sonrisa que la caracterización de la realidad despierta: “¿Hay otro lugar fuera de Las Vegas donde premien el talento para recibir una verga por el culo? Dios bendiga a América”. Desde ahí se disparan los tiros de los que hablábamos: todo es espectáculo que dura lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, todo es efímero, lo único que importa es el dinero, y el mejor modo de hacer dinero, tanto real como metafórico pareciera decir Latinas es a través del porno. OK, de acuerdo, la metáfora resulta un tanto simplista: vivimos en un mundo que es pornográfico, donde el principio de realidad ha convertido a Lacan y a sus seguidores en niños de pecho. Ver hasta el milímetro de piel para poder sentir y saberse alguien algo. Porque en el fondo, la industria pornográfica se alimenta de la ausencia absoluta de sentido, de la soledad que determina la condición de Edi y de todos nosotros obligados pornógrafos adictos.



            A diferencia de otras novelas que merodean los territorios de la pornografía o de la literatura erótica (campos tan distanciados como el dadá del ballet clásico, pero que se suelen meter en el mismo saco), Lobo no es pretencioso y eso se agradece. Se ríe de su protagonista, pero al mismo tiempo logra que surja algo entrañable en él, a fin de cuentas es un tipo víctima, como todos nosotros, de las circunstancias. El porno es un detalle que, claro, tiene la virtud (o su opuesto) de tocar ciertas vibras morales muy vigentes en la actualidad. Lo que Montoya quiere es algo parecido al amor. Lo curioso es que aunque sabemos que la pornografía está en las antípodas del amor, es precisamente ahí donde pareciera ser que Edi puede hallar cercano al amor, por lo menos una pasión que le devuelva sentido al vacío de su existencia.



            Latinas candentes 6 se inicia como divertimento y termina en clave irónico-tragicómica. Es una novela, además, en la cual se entrega mucha información (información, como diría una amiga, que no nos interesa mucho saber), las descripciones de las proezas anatómicas son referidas con el alejamiento y distancia ya mencionados. Y, así, nos quedamos al final con ese gusto a medias, con gusto a poco y las risas no son suficientes y la libido tampoco sube. Quedan algunas imágenes, algunas ideas ingeniosas, el sexo intergaláctico, un Hummer volando por los aires, los peces carnívoros que simbolizan el matrimonio de Edi, la seguidilla de personajes  --todos dignos en su patetismo—que buscan calentar algo más que de la cintura para abajo en sus vidas; todo ello nos muestra que las leyes del deseo se encuentran en otra parte.  


Saturday, May 24, 2014

El libro de la semana: Mis días en Shanghai, de Aura Estrada


                                                                                     anbquelesigodebiendounronyunbuentitulo


Estamos acostumbrados a que cuando un escritor de renombre fallece prontamente comienza a aparecer y publicarse una serie de textos póstumos, escritos hallados en los cuadernos secretos, en los diarios de vida o, más recientemente, en los archivos de las computadoras. Nada malo con ello: todos saben que se trata de un negocio y que, a veces, se hallan textos que valen la pena al menos para los investigadores. El caso de Bolaño es paradigmático y, quizá, uno de los más notables del último tiempo. Bolaño ha sido el modelo, el maestro (palabra que, imagino, el aborrecería) para muchos de los escritores de las nuevas generaciones. Tal vez más un modelo de onda que de escritura; esto es, de apuesta radical y total por la literatura, más que de un estilo determinado (por suerte). Es una apuesta por ser poetas, por dedicarse a este juego que no es otra cosa que la vida que se da en la palabra.



Sea como sea y como no, hay un caso muy diferente; un caso que, hasta cierto punto, puede verse como su opuesto: el del escritor o escritora que fallece antes de adquirir fama o, en algunos casos, incluso antes de haber publicado. En estos casos (evidentemente se nos viene a la cabeza y al estómago enseguida Kafka), un grupo de amigos, de fanáticos, de secretos admiradores, luchan por dar a conocer la obra del o de la escritora. ¿Por qué? ¿Por qué darse ese trabajo? Las razones, claro está, son diversas: A veces, el amor a la literatura es una de ellas. Además, y esto no es menor, como dijera alguien (creo que fue Gide, pero no tengo ganas de buscarlo en Google), el infierno está lleno de buenas intenciones; lo cual traducido a lo que aquí tratamos quiere decir que la labor de recuperación, de recopilación de textos de un escritor o escritora desconocido que ya no está con nosotros no implica que lo recuperado –los textos que leemos— valgan la pena, es más, suele suceder lo contrario.



            Así con todo este pretencioso y prejuicioso preámbulo inicié en mi cabeza la lectura de Mis días en Shanghai, una recopilación de textos de Aura Estrada, quien murió a los 30 años “a consecuencia de un accidente en una playa de la costa del Pacífico”. Lo compré, confieso, sin saber nada de su autora ni de la historia de ella: el título llamó mi atención (uno de los muchos aciertos de los editores), así de simple.
Probablemente cuando uno se entera de lo que ha sucedido con la escritora, se adopta una perspectiva crítica diferente, resulta inevitable pensar en lo que podría haber llegado a escribir, imagínate hasta dónde podría haber… Pero no, ese no es el punto. Para mal o para bien. Y en este caso, para bien. Los textos de Estrada, una mezcolanza de ficción, crítica literaria y cultural, ensayística, minimalia filosófica, ironía, relato clásico, ejercicio paródico, son notables en su conjunto y, algunos, individuamente. Como pocas veces es posible apreciar una búsqueda y un sentido que no se halla pero que se quiere. Sus palabras, sus relatos y sus ideas, exudan una crisis que es la del sujeto que cree en la literatura en tiempos en que aquello, ella lo sabe, ya no es posible. Por lo mismo se hace más necesario creer. Como pocas veces podemos leer el presente y el futuro: una trayectoria de escritura que, de acuerdo, se vio sesgada prematuramente, pero que es y se constituye en sí sin necesidad del vacío que lo no escrito permite.



            Como crítica de la literatura, Estrada muestra su confusión y confesa su amor-odio por la academia literaria. (Yo como algo parecido a un crítico no comparto sus puntos de vistas, pero no solo me parecen válidos –una obviedad—sino violentamente necesarios). Ahí su amor a Bolaño, a Aira y, por supuesto, a Borges—se ríe del Menard, reescribe el Menard, el Menard es ella y ella lo sabe. Búsqueda. Dice de B&B que su prosa “nos recuerda que la literatura, cuando no es cursi, cuando no es servil, es decir, en esos casos excepcionales en los que no está puesta al servicio de un sistema (público o secreto) social, económico, político, ideológico o personal desata otra literatura, en la que los valores de la realidad profana, aliteraria, no operan”. No podría estar más en desacuerdo con esta afirmación y al mismo tiempo no puede dejar de reconocer su verdad y su profunda y radical belleza: sí, la literatura es la realidad misma, es donde podemos hallarnos a nosotros mismos y a quienes son como nosotros. La literatura, la verdadera (¿?) literatura nunca está al servicio de un sistema, sino que se sirve a ella misma. Pero, y ahí radica uno de esos secretos que B&B (en este caso se trata de Barthes y Benjamin) no pudieron explicar, al hacerlo necesariamente está sirviendo y sirviéndose de todos esos sistemas. Estrada apuesta por la autonomía de la literatura, pero solo hasta cierto punto, pues reconoce que ella (y aquí la ambigüedad vale: la escritora, la narradora, la literatura) se encuentra en un lugar de crisis, en una literal y griega encrucijada. Y al final de eso se trata: de buscar el camino sabiendo que nunca vamos a encontrarlo.



            Así, el camino entre la crítica y la escritora se reitera, encuentra su juego especular, entre los dos mundos, las dos lenguas, las dos realidades, que la autora vive: entre México y Estados Unidos (y en México, de nuevo, entre su nacimiento en León y si vida en el DF). Todos los textos, todo el aire que sopla en su prosa (la imagen no es mía) está atravesada por esa tensión. Incluso los ejercicios que los editores han incluido que consisten en escribir de algo que no sea una, vuelven a mostrarnos esa crisis que es donde se halla toda literatura. Pertenecer o no. Y adónde y cómo—de ahí, reitero, lo notable del título. Pertenecer: se reiteran los espacio del tránsito, de la fugacidad, de lo transitorio de toda experiencia. Aeropuertos, vida de estudiantes graduados, noches de borracheras y humos, todo pasa y nada queda, y lo único que podemos hacer, lo único que tiene sentido es escribir, seguir escribiendo, más allá y más acá.
            Y sí, más allá del futuro o del presente, hay algo en estos textos que se nos arranca siempre, algo que nos permite apostar a un futuro; algo que detrás de toda la fugacidad, del espanto que es el tiempo que vivimos y la angustia que sabemos, aún queda: saber que la literatura, como el amor, como una playa en el Pacífico, sigue ahí aunque ayer nunca sea mañana.   


Monday, May 19, 2014

El libro de la semana: El día que la vea la voy a matar, de Guillermo Fadanelli




¿Dónde comenzó todo? Bueno, la verdad es que uno nunca sabe cuando realmente ha comenzado un escritor a ser lo que después fue. Lo único que nos queda es remitirnos a sus obras primeras, a esos textos iniciales donde con la facilidad que el tiempo transcurrido provee, el crítico dice campante y rimbombante: ‘ya en sus inicios fulano daba clara cuenta de una visión esperpéntica del mundo, por medio de un estilo propio que solo buscaba la posibilidad de expandirse hacia el infinito de la radicalidad barroca’, o algo por el estilo. No se trata, por cierto, de eso en este caso. Aunque por supuesto que en estos breves relatos de Fadanelli se hayan obsesiones que se reiteraran después en sus novelas, cuentos y ensayos. La ciudad como la protagonista poderosa, triste y profundamente melancólica; una ciudad, ciudad de México, perdida en los humos rezumantes de sexo, violencia y ensueño.



Se trata, también, leer estas palabras con su propia vida, su frescor que aún se mantiene y que históricamente resulta especialmente notable: cuando se publicó El día que la vea la voy a matar a comienzo de la década de los noventa, fue saludada –según los editores de esta nueva edición (2010) como una literatura que “toca los límites de la historieta hiperrealista” y, en lo que es lo más significativo: una contribución importante “a la literatura basura”. Fue en esos años en que por toda América Latina emergía una narrativa que en muchas latitudes se llamó, sin gran originalidad, “nueva”. En el mismo México los escritores del Crack publicaban sus primeros intentos; en Colombia, aquellos que Orlando Mejía denominara Generación Mutante hacían los mismo; y más al sur la Editorial Planeta aprovecha la aparición de escritores (más que escritoras) que daban una nueva cara a la literatura (Fuguet en Chile fue un caso paradigmático). En 1996 se publicaba el compendio de esa “nueva narrativa”: McOndo. Parecía (y a muchos les sigue pareciendo) que el gran cambio que se produjo no fue tanto estético o literario, sino más bien sociológico. Si la literatura siempre ha estado en tensión con el mercado, ahora parecía que esa tensión se tornaba más amable, casi cariñosa: ahora la literatura abrazaba al mercado, lo ensalzaba. Algo que ocurría formalmente, pero sobre todo por la presencia y actitud de los escritores que dejaban sus cuevas malditas para convertirse en centros de un espectáculo antes reservado a estrellas de cine y jugadores de fútbol (bueno, no exageremos tanto, tampoco). Literatura light, literatura basura, y una larga sarta de calificativos de la crítica crítica. Y, ahora sí, digámoslo con la ventaja de los años transcurridos, algo de cierto había en eso y mucho de lo que se publicó fue bastante olvidable. Pero no todo: hubo efectivamente, sino un quiebre, una renovación de la escena literaria  --con todos los antecedentes que no vamos a nombrar aquí--; y por supuesto algunos siguieron y fueron más renovadores (de nuevo: dentro de tradicionales tradiciones, como son las mejores vanguardias). Fadanelli es un ícono en ese cambio. Es, aunque no nos guste (y vaya que no le gusta a mucha gente), un quiebre en la percepción del sentido de la letra; su literatura (que de basura no tiene mucho) penetra en el campo de la realidad y hace, dicho coloquialmente, zamba canuta con ella y, así, se reconvierte a ella misma.



Sí, los relatos de El día son desparejos; algunos excesivamente pretenciosos en su intento de epatar a lo que queda de burgueses en los lectores. Sin embargo, la fuerza escatológica es notable. Aquí amor y muerte (como en toda tragedia que se precie de su nombre) están hincando el diente en el deseo más oscuro (que es el más puro) de nuestra imaginación de la realidad. “El recuerdo del progreso atravesándoles por el culo”: el humor que deja de serlo, la sexualización de todo, con lo cual se convierte el sexo mismo en metáfora y en un absoluto, como un significante vacío que busca ser llenado por algo que no está ahí, que está siempre buscándose: ese espacio y tiempo vacío es, precisamente, lo que la literatura intenta llenar (sin nunca alcanzarlo por completo y por suerte).
Hay, también, un exceso de reflexión explícita –como en “La postmodernidad explicada a las putas—; una reflexión que en los textos posteriores (ah, el tiempo que ayuda) se hará desde las historias mismas, desde el desencanto profundo de la mierda de vida que nos toca, irremediablemente vivir. Pero, digámoslo de nuevo, en ello radica la esperanza y la belleza, la salvación posible. Como lo dice Hölderlin, donde está el peligro también se encuentra aquello que nos salva. La mejor literatura se mueve en ese balance acezante. En el caso de Fadanelli es entre el absurdo del mundo pero que es, al mismo tiempo, muy cercano: personajes que se destruyen porque no les queda más que hacer, personas carentes, faltas física y mentalmente, que nos devuelve, como desde un espejo deformado, la expresión de nuestra propia realidad.  


Sunday, May 11, 2014

El libro de la semana: Instrucciones para mudar un pueblo, de Jorge Alberto Gudiño Hernández




Entre Cortázar y Rulfo pensé al leer las primeras páginas de estas instrucciones para lo que a usted se le ocurra (cada breve capítulo lleva por título unos misteriosos puntos suspensivos y un “para triunfar o claudicar o hacer negocios o para mudar un pueblo o para el desahucio”, primando las instrucciones para la derrota). Pero demasiado pronto el intento literario me provocó un exceso, por suerte breve de lectura rápida y breve, de arremolinamiento estomacal: entre la cirrosis y la sobredosis.



El pueblo en cuestión, El Goterón “es una plancha, un comal agrietado” por si quedaba alguna duda. A él han llegado ávidas mineras que necesitan trasladar a la gente a otro lugar para poder hacer de las suyas a gusto. Por supuesto que eso es más fácil decirlo que hacerlo. Así, a partir de esa base económica que apunta al proceso de neoliberalismo a ultranza vivido en México, nos vamos enterando de las vidas de varios de los personajes que viven (vivían) en el pueblo y ahora se mudan. Ambos aspectos, la referencia a cómo la economía y la política afectan a la tierra y a quienes viven en ella y el intento polifónico, de dar cuenta de múltiples historias que se cruzan pero no necesariamente se conectan, remiten a la gran novela de Rulfo. Y por si a alguien le quedaba alguna duda, también en estas páginas hay un Abundio que se las trae.



Pero, dirá el avispado lector, no hay problema en esas relaciones; puede verse como homenaje, reescritura; además, dirá, los tiempos han cambiado: lo que en Rulfo es una muestra brutal de acumulación primitiva del capital, aquí se adopta al siglo xxi; los personajes también son aggiornados y Susana San Juan es una cantante que tiene un apodo que le hace bastante justicia, La Machacona, y el Pedro Páramo es un literal Perro Viejo que muere acribillado por el tipo a quien se acaba de coger (que se enoja porque no le va a pagar lo debido). Bienvenidos a los nuevos tiempos.
Está bien, algunas de las historias son entretenidas, incluso su crítica es a ratos inteligente desde el humor que maneja. La del asesino a sueldo a quien le matan a su familia y quiere vengarse es la más notable de todas; la del cura que crea una nueva religión y hace del tipo que mata un profeta, tiene momentos curiosos; el del abuelo con su nieto enfermo caminando por las desérticas calles busca un tono metafórico que no alcanza; la del licenciado que va al gimnasio y tiene un cuerpo perfecto habla por sí misma: en la cama es tan aburrido que hace que su secretaria después de una rauda sesión le pregunte si tiene novia. Por qué me lo preguntas, pregunta brillante el lic. Ella responde brillante también: No sé si tienes suerte o ella se conforma con cualquier cosa; y luego: No entiendo por qué alguien se acostaría contigo más de una vez; y remata con: De nada te valen este cuerpecito no este paquetito si no los sabes usar (sic. ¡SIC!).



Ahora bien, a pesar de estos excesos y de los intentos con dispares resultados de letanía literaria –varios capítulos emplean la anáfora (se cuenta; se dice) para conseguir un ritmo que remede el de las almas que habitan el texto y, sobre todo, para provocar una estructura de sentimiento del narrador –la omnipotente voz que clama desde el desierto-- que bien puede ser uno de los aspectos mejor logrados de la novela—Instrucciones  tiene algo entrañable. Un algo que se acerca, sin serlo, al sentido de desesperación del cual solamente la escritura nos puede salvar; algo que es la constatación de la tristeza más radical y de la certeza que la muerte es siempre más fuerte, que solo hay breves instantes de felicidad que inevitablemente van a pasar como pasa todo en esta vida. Por ello, si adquiere sentido, a ratos, el empleo de la voz olímpica del narrador y el uso de la segunda persona, hablarle al personaje en un intento de hablarle también a los lectores, de hacerlos partícipes no tanto de la historia sino de sus sentimientos. Sí, porque lo que importa aquí no es tanto lo que les pasa a los personajes sino lo que sucede al interior de ellos.
Sin embargo, a pesar de estas posibilidades de la lectura y de la ternura que se desprende de alguno de los que habitan esta tierra, la novela no alcanza a rescatarse por sí misma. Creo que fue Cioran quien dijo que quien escribía un libro estaba posponiendo su suicidio. Los personajes de Instrucciones viven gracias a la escritura, posponen su muerte que será inevitable gracias a la escritura de la novela. Sí, para ellos la escritura es lo que les impide caer en la desesperación total. El problema es que a veces posponer lo inevitable no es una buena idea.